A veces los planes cambian, pero lo que se vive en el camino nadie te lo quita. Esta etapa del Camino de Santiago por el Camino del Norte fue eso: una pequeña gran aventura sobre ruedas, con su dosis justa de sorpresas, desvíos y descubrimientos.
Todo comenzó muy temprano en Madrid. Mi bici plegable, compañera de rutas y silenciosa testigo de mis paseos, iba bien empacada en su forro beige. Sí, beige. Lo menciono porque al llegar a la estación de Chamartín, cuando ya estaba lista para abordar el tren rumbo a Santander, una empleada de Renfe me lanzó una advertencia inesperada: “Ese forro no es el correcto, deberías tener uno negro”. Por un momento dudé… ¿habría hecho algo mal? Pero no, tenía todo en regla. Fue una de esas situaciones un tanto arbitrarias que se dan en los viajes. Por suerte, nadie más dijo nada y pude abordar sin problemas.

Llegué a Santander con el alma ligera y esa mezcla de nervios y entusiasmo que siempre me invade al comenzar una nueva ruta. Me hospedé en un hostal muy chulo, de esos modernos y funcionales, con literas cápsula que ofrecían más privacidad de la que uno espera en un cuarto compartido. Estaba ubicado muy cerca de la estación, lo que me vino genial. Aproveché esa tarde para recorrer la ciudad, respirar su aire salado y dejar que el mar me pusiera en sintonía con lo que estaba por venir.
Al día siguiente, a las 7 de la mañana, arranqué la etapa. El cielo apenas clareaba y yo ya estaba rodando, pedaleando con ilusión y una sonrisa tonta de quien se siente exactamente donde quiere estar. Desayuné en Santander antes de salir y, con el estómago y el espíritu llenos, me lancé al Camino.

La ruta me llevó por pueblos encantadores como Piélagos, Mar, Requejada y Barreda. Pequeños núcleos llenos de verde, casitas con balcones floridos y gente que, aunque apenas crucé palabras, transmitía hospitalidad con una simple mirada. Cada pedaleada me recordaba por qué amo viajar así, sintiendo el cuerpo avanzar, el viento en la cara, el terreno cambiando bajo las ruedas.

Mi destino inicial era Santillana del Mar, esa joyita medieval que siempre roba suspiros, pero el camino —como suele pasar— tenía otros planes para mí. Por circunstancias de logística y tiempos, tuve que desviarme y regresar desde Torrelavega. No fue una decepción, sino una pausa. Porque así es el viaje: una serie de momentos, y no siempre importa tanto el punto final como todo lo que pasa entre el primero y el último kilómetro.
Treinta kilómetros en bicicleta pueden parecer pocos para algunos, pero para mí fueron suficientes para llenarme de sensaciones, paisajes y pequeñas historias que ahora guardo como tesoros.
La etapa de Santander a Torrelavega fue solo un fragmento del Camino del Norte, pero dejó una huella profunda. Me recordó que en el movimiento hay magia, que a veces no llegar es también parte del viaje, y que siempre se puede volver… quizá la próxima vez, sí llegue a Santillana.
