Arichunita es un pueblo del estado Apure, en Venezuela, profundamente llanero y campesino. Es una tierra bendita, donde el polvo de la carretera se levanta con el paso de los caballos —y ahora también de carros y motos—, como si el tiempo se negara a quedarse quieto.
Es un lugar muy significativo para mí, porque de allí proviene mi familia. Somos llaneros y campesinos, con mucho orgullo.
La fotografía que ven en la portada fue tomada por mi hermano Karim, quien estuvo visitando esas tierras en marzo, de paseo. Me sorprendió recibir su mensaje:
“Hermana, estuve en Arichunita, donde estaba la casa de nuestros abuelos.”
Al ver las imágenes, me invadió la emoción. Los recuerdos llegaron de golpe, como una corriente inevitable. En esos cimientos estuvo la casa de mis abuelos: Don Francisco Solano y Doña Inés Fonseca de Solano. Allí crecieron sus hijos, mi padre y mis tíos. Allí comenzó gran parte de nuestra historia.
Mi abuelo murió mucho antes de que yo naciera, no tuve la oportunidad de conocerlo en persona. Sin embargo, a través de las historias de mi padre y mis tíos, siento que logré acercarme a él. Era un hombre de carácter firme: trabajador, estricto y decidido. Se dedicó a la ganadería y llegó a ser dueño de grandes extensiones de tierra, con cientos de cabezas de ganado. Fue, sin duda, un ganadero importante en la región.
Mi abuela Inés, en cambio, era dulzura, paciencia y tradición. Vivió cien años, y tuve la fortuna de conocerla desde niña. Recuerdo con claridad esos viajes a Arichunita, cuando aún vivía en su casa de la finca. Íbamos a visitarla, y allí estaba, junto a mi tío Manuel, su tesoro y fiel compañero.
Era una casa rural donde la naturaleza se respiraba en cada rincón. Esos viajes al campo me encantaban. Llevaba mi bicicleta para recorrer los caminos, sintiéndome libre como el viento.

Lo que el viento se llevó
Mi hermano me envió una segunda foto y me dijo:
“Esto es lo que quedó de la casa de nuestros abuelos.”
Por supuesto, le pregunté cómo sabía que ese era el lugar. Me respondió que los vecinos le contaron que aquella era la finca de los Solano, y le compartieron historias.
Allí, en esos restos, mis abuelos hicieron vida. Allí crecieron sus hijos. Cerré los ojos y pude imaginar a mi abuela cocinando para todos, como una escena de película: los chinchorros colgados, la cocina de leña encendida, y el aroma de la comida típica del llano envolviendo el ambiente.
Recuerdo también cómo siempre tenía grandes cantidades de frijoles almacenados, y cómo, cuando la visitábamos, nos regalaba para llevar. Era su forma de dar amor.
La vida es así: el tiempo pasa, algunos se van, y lo que queda son los recuerdos. A veces me pregunto si alguien me recordará cuando ya no esté.
Quiero creer que sí.
Ustedes, mis apreciados lectores.
Kaiser Solano
Excelente! Recordar es vivir! ver todo solo… e imaginar q un día tuvo vida y fuiste participe de ella da nostalgia.